SEGUIDORES DEL AVERNO

15 de abril de 2017

A UN NIÑO EN ALGÚN VIENTRE




Allí estás, niño, alejado de toda sombra
y sonriendo en un vientre
que espera ser abandonado
para que dejes de burlarte de él.

Allí estás, tranquilo, macilento, alimentándote
y pendiendo de un cordón
acurrucado en tu luna de anhelos
sin saber que pronto despertarás de ese sueño,
sin saber cuál es el destino que te espera,
sin saber cómo será el sol que veas por primera vez.

Habría que condenar al dios que te engendró
sólo por el crimen de haberte engendrado
en medio de una guerra de odios primitivos
y que pronto será tu amanecer, el mar que no ves
será un cosmos de nítida palidez.

Mejor duerme, no despiertes, sigue soñando,
pasa desapercibido de las bombas en Oriente,
Cartago ya pisó su sombra en el recuerdo;
África sigue ardiendo salvaje, el oro de Roma
seguirá en su apogeo mientras sus cardenales
caminarán sobre los muertos.

Siria, Irak, Irán, el impío Norte y en el sur mi país
con un millón de riquezas muriendo de hambre,
niños con lágrimas herrumbradas, tus madres
con la lengua llena de sed. La amargura en una cruz,
el fuego en las calles, el grito de una palma que declina.

Hay hipócritas, rezan dejando al arbitrio
de la suerte tu destino. También son haraganes,
justamente rezan para no ayudarte.
Hay Poetas, ¡Poetas!,
que podrían arroparte y que sienten la poesía
pero también hay “poetas” que se enriquecen
haciendo de la poesía una perfidia.

Mejor no despiertes, niño, sigue allí, sigue soñando,
deja que el silencio juegue con sus pensamientos
cada explosión de tu corazón,
deja que la esfera que te protege
sea la aurora diminuta de tu tiempo.

Ahora que ya eres carne y espejo
no hay mejor Paz que ese lugar donde duermes
y no hay peor Guerra que estar a punto de nacer.
Sigue allí, tranquilo, alimentándote, no despiertes.

¿Quién es este mundo, quién soy yo, para merecerte?  

(Ariel Van de Linde)

13 de abril de 2017

AQUEL SUEÑO



        Yo soñé que había despertado en aquel sueño, justificando la apariencia de mi verdadero rostro; sería eximio el enigma de la oscuridad que mis ojos habían penetrado. Parco, encerrado; bebí lo que comí de un río y fosilicé mi cárcel para mi libertad. He estado ciego, exánime, resbalé de una curiosa gradería y pendí de un cordón; atribuí parejamente los seis sentidos a un cuerpo para que aprendiera del dolor, la incredulidad del amor. Conocí la dicha, la desdicha, la nostalgia de un niño, la perfidia en una cruz: amé el corazón de una Ninfa griega, engendré al griego y al hebreo, les concedí la humildad para sus almas que me vedó alguna vez el sueño. He promulgado Olvidos y he cavilado Recuerdos, he sido amado, odiado y encadenado a un festín; contemplé el infinito y el universo inmóvil que mis otros ojos nunca han visto. Fui copiado por los espejos que me revelaron la inmortalidad, esa sustancia que los hombres de Adán no podrán descifrar. Recorrí varios caminos con el gorjeo de los ruiseñores y visité el desierto, aquella espalda de la arenosa luna en la noche americana y escribí un poema sobre un último poeta que escribirá el primer poema sobre otro último poeta.
        En mis cuatro décadas, he perdido el sabor de la fruta, me fue bloqueado el olor del patio donde muchas veces dormí con el abrasado fuego de la soledad, recogí la suavidad de un beso al salir de esa esfera y lloré la penumbra de una mujer. He pensado con mayor quietud, la indómita esperanza de morir en ese cristal.

 (Ariel Van de Linde)​ 

16 de marzo de 2017

La lupa cultura. Revista de marzo 2017


Pueden leer esta entrevista por este link:
http://www.lalupacultural.com.ar/la-lupa-cultural-no-51-marzo-2017/letras-ariel-van-de-linde-presidente-de-la-sade-escobar-soy-un-defensor-de-los-libros/

Entrevista de la periodista Silvia Mabel Vázquez

Letras: Ariel Van de Linde - Presidente de la Sade filial Escobar: "Soy un defensor de los libros".


Ariel escribe poesía y narra, y lo bien que narra, tiene un blog llamado "El averno del Ángel".

Nació en Escobar y es el presidente de la Sade de ese partido del Gran Buenos Aires, desde el cierre del ciclo 2016, hace muy poquito, anuncio que hizo la sra. Aída Carolina Holtz.

Escribe poesía desde los 15 años y narra desde los 30. Su primer libro de poesías se llama "Escenas" con una segunda edición en el año 2014. Es socio activo de A. L. E. P. H. (Asociación Libre de Escritores y Poetas Hispanoamericanos de la ciudad de La Plata). Su libro "Gritos. El Lienzo de los Sueños", de poesía-prosa, es una casi alejada novela poética, según su propia definición. 

Su inserción en el mundo literario se debe a las influencias del maestro argentino Jorge Luis Borges y del poeta inglés William Blake.

Participó para la "Faja de Honor" de la Sade Nacional.

Conversamos con él, una tarde de enero muy cálida, en cuanto a clima y a charla:

 ¿Te considerás un buen lector?

Sí, me considero un buen lector, no en el sentido cuantitativo. Un buen lector no es aquél que lee bien o mal, sino aquél que descubre sus propios autores y que trabaja por descubrir los secretos o misterios que encierran los textos en un libro, algunos lo llaman "el ratón de biblioteca" y eso es lo que soy. Me gusta leer, me genera placer, y esto es una actividad que en mi adolescencia odiaba con profundidad. Ahora soy un defensor de los libros.

Además de Borges y de Blake, ¿qué otros escritores te conmueven? 

No soy un lector de muchos autores, si hay algo que aprendí de Borges es que "nadie puede leer 2 mil libros, y que lo importante no es leer, sino releer". Yo leo mucho los atlas, enciclopedias, biografías, filosofía, psicología, pero si vamos a los géneros literarios (poesía, cuento, novela) después de Borges y Blake, me gusta Cortázar, Joseph Conrad, H. G. Wells, Whitman, entre otros, también he descubierto algunos que están vivos como Jorge Rulfi, Díaz Puerta, Ramón Carnales, etc. El primer poeta que he leído sus libros enteramente es Jim Morrison.

¿Admirás también las pinturas de Blake?

Sí, me gustan muchos las pinturas de Blake, aunque sólo las conocí por fotos. "El anciano de los días" cuyo arquetipo representa a un Dios, me he imaginado muchas veces que tiene una representación inequívoca del Big Bang. Aun así puedo decir que las pinturas de Blake y sus poesías son una misma cosa.

¿Cómo definirías tu libro "Escenas"?

"Escenas" es un libro para el olvido, así también "La conquista". Fueron mis primeros libros donde experimenté la posibilidad de una buena obra literaria; errores que los he enmendado olvidándolos. Considero que mi primer libro es "Gritos. El Lienzo de los Sueños" porque en ese libro soy 100% yo.

Tu escritura ha sido definida en varias ocasiones como "atrapantes", ¿qué hace que una lectura se defina de ese modo?

Si mis escritos son "atrapantes" me acabo de enterar, o tal vez no presté atención a las devoluciones. En mi caso, para que un texto sea "atrapante" su contenido tiene que ser "desconocido". Yo leo cosas que me agreguen conocimiento, que sea nuevo, si no me agrega ese alimento no lo leo. No me gustan los textos obvios y básicos, no me gustan los textos que no le dan la posibilidad al lector de imaginar o crear su propio mundo en base a lo que está leyendo. Por ejemplo, si yo leo "estaba caminado en la oscura noche" ese texto ya me quitó toda posibilidad de imaginación de cómo podría ser esa noche, porque yo ya sé cómo es la "oscura noche". Ahora, si leo (y esto es de Borges): "nadie lo vio desembarcar en la unánime noche", aquí me está dando ese alimento que necesito, aquí puedo imaginarme esa "unánime noche". No me gusta (como a Juan José Arreola) la literatura de consumo, la literatura que sólo es diversión. "El conocimiento es poder" dijo un filósofo griego, y todo lo que no lleve al misterio, al pensamiento, al razonamiento, no sirve. La "literatura de consumo" es una falta de respeto a los libros, porque es una escritura que hace que el libro con el tiempo termine en un tacho de basura.  

Como flamante presidente de la Sade Escobar, ¿cuáles son las actividades nuevas que realizarán durante tu mandato?

Ser el titular de una institución como la Sade filial Escobar es todo un desafío y es algo que agradezco a la señora Aída Holtz (última presidente) que puso toda su confianza en mí, aun sabiendo que yo no soy un gestor cultural. Tenemos un lindo equipo con ganas de hacer muchas cosas y con muchas buenas ideas. Para el 2017 vamos a trabajar en lo más accesible: "cafés literarios", "ciclos de conferencias", "la revista de la Sade" y el anhelado "espacio físico" para poder realizar mejor todas las actividades, por supuesto, siempre pensando en el socio que es quien paga la cuota social.

Según uno de tus escritos dice, "hoy cualquiera es escritor". ¿Creés que hay autores que venden, y mucho, que no son buenos escritores, y por qué venden si no lo son?

Sí, hay muchos, y muchos que no tienen nada que ver con la literatura, entre ellos algunos famosos mediáticos como futbolistas, vedette, etc. Es un comercio ahora, a las editoriales no les importa otra cosa que vender, y no me refiero a editoriales independientes, me refiero a editoriales "muy conocidas" que se dedican a esas minucias y a complacer el bajo gusto intelectual de las masas. Después están los que tienen recursos para pagar una edición y lo que publican tiene muchas fallas en el lenguaje, pero tienen buen carisma y venden con eso.

¿Cómo definirías la poesía, que llegó tan temprano a tu vida?

La poesía es la libertad encarnada y absoluta.

En la presentación de tu blog, hay una frase que da que hablar

"No estoy en contra de Dios, sólo tengo una visión diferente de la creación. No estoy en contra del Universo: Madre y Padre de Todo. Estoy en contra del pasado humano donde en el presente ocultan la verdad de su historia. Por el momento tengo que disimular que pienso como ellos. Malach, así dormía contigo en esa esfera llamada eternidad. Borges y Blake (mis maestros), me distraen con el aprendizaje y este espejo."

¿Cómo podrías explicar eso de "tengo una visión diferente de la creación"?

Bueno, en cuanto a la visión que tengo de la creación: Creo más en las teorías científicas que en las bíblicas, el universo es vasto y afirmo que hay vida fuera de este orbe, pero no creo que haya un creador de todo, sí creadores de la raza humana, no creo en la posibilidad de un ente creador de todo. Por su puesto que es una visión mía desde la ignorancia que me corroe. Lo que sí me gusta de esos mitos bíblicos, es que hay admirable poesía.

¿Tenés en proyecto escribir otro libro?

Sí, tengo un libro de relatos fantásticos que se titula "Órefe`s: historias de la Ciudad Oculta del Norte". Estoy escribiendo dos novelas y poesías para el porvenir incierto. 

Una frase de Blake que te haya impactado mucho y una de Borges.

De Blake podría citar la frase más famosa que data sobre las "puertas de la percepción", pero te voy a citar ésta, mejor: "Ver el mundo en un grano de arena y el cielo en una flor silvestre, abarcar el infinito en la palma de tu mano y la eternidad en una hora".
De Borges hay muchas que me han impactado, pero te voy a citar una donde el maestro muestra su fidelidad como lector: "Que otros se jacten de lo que han escrito, a mí me enorgullece lo que he leído".

Preguntas con respuestas de una sola palabra: Mejor libro que leíste.

Uno de los mejores libros que he leído y sigo leyéndolo es "EL Aleph" de Jorge Luis Borges.

Mejor lugar para sentarse a escribir.

Cualquier lugar es bueno para escribir, siempre y cuando reine el silencio y la soledad.

Una palabra que te lleve al mejor de tus recuerdos.

Te voy a decir dos palabras que me llevan al mejor de los recuerdos: Mis hijos.

¿Si no hubieras sido escritor, qué hubieras sido?

Si no hubiera elegido ser escritor, creo que seguiría siendo un empleado de seguridad como lo soy ahora.

Una sugerencia para los nuevos escritores.

Algo para agregar, para la juventud más que todo, es que no piensen en editar, más bien que si les gusta escribir, escriban mucho y se diviertan mucho, que corrijan mucho y lo disfruten mucho, que lean mucho y que descubran sus propios autores, las recomendaciones poco sirven. Y si no les gusta leer, como dijo Borges, que no lo hagan, porque la literatura es parte de la felicidad y nosotros no podemos obligar a nadie a ser feliz.

¿Libro en papel o digital?

El libro en papel por escándalo. Emerson dijo: "Una biblioteca es un gabinete mágico en el que hay muchos espíritus hechizados, y esos espíritus despiertan cuando los llamamos", refiriéndose a los libros. Un libro en papel es mucho mejor que una ilusión digital, porque es poseedor de misterio, cuando yo toco un libro de Borges (por ejemplo), creo que estoy por abrir el secreto del Santo Grial, en cambio un libro digital sólo me irrita los ojos.

¡Gracias Ariel, por tu tiempo y tus interesantes respuestas!

Silvia.

23 de febrero de 2017

LA INVISIBLE (Historias de la Ciudad Oculta del Norte)




Alejo vio a Oriana, involuntariamente, en un bar de la calle Travi y Colón sobre una tarde de ángeles enjaulados. Alejo pegó su nariz contra el ventanal admirándola y engendrando un vaho hirsuto. Ella vestía de eternidad, su ropa se fusionaba a sus vértices femeninos llamando la atención de hombres, mujeres y adolescentes que cruzaban la calle con la luz del semáforo en rojo penetrándola con ojos lunáticos. La piel de Oriana emanaba una fragancia a jazmín que avivaba primaveras en pleno invierno.
Él la persiguió esa tarde, logró alcanzarla, se miraron y se gustaron, charlaron un largo rato y antes de marcharse del casual encuentro, Alejo le preguntó si existía la posibilidad de que ella fuese a su casa algún día. Oriana respondió que sí, entonces se pasaron los números de celulares, sus perfiles de Facebook, de Instagram y quedaron en contactarse por mensajes de textos o whatsapp (algo que no se nombra es, que la tecnología es la muerte súbita de todo secreto, profanadora de intimidades y amistades fingidas pero con buena reputación). El sentimiento interior de Alejo era como una paz mecánica que sólo podía atribuirle una naranja, se ladeaba la boca suspirando curvaturas de aire permanentemente jovial e intrínseco cuando miraba a Oriana. No han tardado en escribirse, comenzaron apenas se dejaron: en simultáneo, Alejo recibía mensajes de sus amantes que querían confirmar cierto encuentro con él. Era todo un producto reciclado de seducción, un sabio y joven poeta donde sus palabras conquistaban todo a su paso. Este hombre llevaba una vida de poca inspiración económica, tampoco lo atraía la ambición, un buen vago fálico que muchas veces pasaba desapercibido en los momentos cruciales, era feliz con su forma de existencia. Suspendió todo encuentro con aquellas ninfas borrándolas de su agenda prostibularia. Por la noche no durmió, se imaginaba los labios de esta mujer como una entidad libertaria, ajena a toda energía y a todo resto tributario. Desde su cama, miraba la computadora y al mismo tiempo miraba un cuaderno y una birome, ¿en cuál de los dos objetos podría escribir el poema que lo estaba favoreciendo?    
Al siguiente día se encontraron en la puerta de una farmacia de turno a las diez de la noche. Se tomaron de la mano y comenzaron a caminar perdidamente, mudos en la breve pertinacia, sus risas amagaban ser besos de antaño, metidos los ojos de ambos en lo más hondo de sus narices, chocándose la puerta de vidrio de una librería de la calle César Díaz, y Alejo la llevó a su casa: llegaron, entraron. Él la arrinconó contra la pared y comenzó a besarla, Oriana comenzó a desearlo, tomó sus manos y las subió hasta sus senos. Se desvistieron, se volvieron a besar, Alejo la alzó en vilo y la llevó a la cama besándola. Estaban ciegos e intolerables dentro de ese mar de sábanas y tigres ilustrados. Hacían el amor con desesperación e indómita lentitud, los dedos de Oriana apretaban la almohada que terminó como una estampa en el piso transpirado: Él le enseñó a montar, ella le enseñó a galopar, él gozaba de su infinita entrepierna, ella gozaba de su perpetuo aliento a menta reciclada. Él jadeaba su oreja, ella mordía su hombro, él era él, ella se enamoró, él seguía siendo él y el único.
Eso había sido el principio de una escoria y la necesidad de un sentimiento al que Alejo nunca se precipitó, una manera de decir: ven a mí pero aléjate rápidamente. Una estúpida razón en la que el sexo era el podio adquirido y levantado desde su altar como un trofeo ganado en un juego de azar. Tentáculos de palabras en la que cualquier mujer era una presa segura, donde caían hipnotizadas en la cama, el altar donde se confiesan todos los benévolos pecados, donde el sacerdote se llama “Coito” y la penitencia de hacer el amor al menos cinco veces por noche, era admirable para Alejo. Es fama, que sólo un hombre primitivo pueda inducirse bajo el deseo de un apetito momentáneo. El inextricable afán de Alejo para enamorar mujeres lo hacía un hábil de la mentira, un Euclides, un álgebra de la psicología: filosofía enormísima para él.
Por la madrugada, ella despertó en su pecho. Lo contemplaba con metafórica admiración mientras Alejo dormía roncando de una manera ominosa que podría despertar a los que sufren de sordera. Oriana lo despertó con un desayuno – algo que él no esperaba –, café con leche, tostadas hechas con pan duro y mermelada adulterada: No encontré más que esto, dijo Oriana: No hay problema, dijo Alejo, tengo un estómago bisexual, no desecha nada. Ella, rió embelesada.
El momento de ambos era disímil. Oriana lo miraba y pensaba que él, era el hombre que toda mujer desea tener, un hombre para amar y ser amada. Alejo la miraba y pensaba a qué hora se iba a ir esta mujer de su casa, su compañía le molestaba, una más de su lista. Oriana le dijo que podía arroparlo en el seno de su vida, cuidarlo, vivir con él en los momentos difíciles, que lo enamoraría al punto de que Alejo saltara del cielo por ella. Este hombre quedó deslumbrado por lo que Oriana había expresado, sintió en su ser lo que ninguna otra mujer le hizo sentir con pocas palabras. Ella era Venus.
Así pasaron los días, y con los días los meses, y con los meses pasó un año. Oriana se convirtió en su fiel mucama ad honorem lo cual ese joven poeta no registraba su apariencia. Hablaban de cosas cotidianas y comunes, hacían el amor con obligación perpetua; él, sin entender por qué la seguía viendo; ella, entendiendo que el amor es ser ignorada divinamente, todo lo demás era exiguo y secundario. Como uno de los tantos días en que Oriana paseaba por la plaza San Martín y se topó con Alejo saludándola como a una conocida del barrio y continuando su camino con la excusa de que iba a ver a su madre. Pensar, que muchos dirían, que una mujer como Oriana tendría todo a su antojo y que merece ese prototipo o arquetipo masculino que sólo se encuentra en los cuento de hadas. El sapo ya estaba transformado en hombre, el traje azul lo olvidó en el Támesis. A Oriana no le importaba todo ese vómito mediático que tejía la chusma pasándose el tiempo con el culo apostado en sillones y sillas de mucha hondura, hablando de los demás como una sinfonía de cuervos en celo metidos adentro de un teatro plagado de barbitúricos en vez de pochoclos o caramelos. Su felicidad era Alejo; le escribía cartas, le dejaba mensajes en las redes sociales, le mandaba textos por celular contándole lo que pensaba y sentía por esa relación, recibiendo de Alejo, las gracias metódicas y vacías.
A Alejo lo prorrumpía el miedo. Él la miraba y veía cómo esta joven le regalaba una tempestad de besos que caían como saetas lanzadas por elfos extasiados. Su ignorancia lo vedó de comprender por qué Oriana estaba tan apegada al ocio de su ermitaño círculo o qué es lo que adoraba de su persona. Más de una vez le gritó que se marchara, más de una vez le exclamó que no era la mujer que él deseaba; le confesó haberse acostado con un prostíbulo entero mientras ella felizmente lo esperaba con un plato de comida fría y el vino entibiado por la vastedad del tiempo: Es sólo sexo, le dijo Oriana, nunca será amor, esas putas viven para tu cuerpo, yo vivo para vos. Alejo estaba exasperado y contraído mientras la seguía mirando sin entender su locura. Estaba acorralado. Nada alejaba a esa mujer del mundo de un poeta sin altruismo y con módicas apatías. Era una intrusa en su vida, una invisible que pronto vio claramente. No sabía cómo alejarla, cada vez que la miraba le inspiraba una especie de sensibilidad lastimosa, se quebraba y se crispaba al observar la simpleza y la bondad del rostro de Oriana. Le daba martirio creer que perdía su libertad, es la primera vez que Alejo es acéfalo ante una mujer imantado por las femeninas caricias de sus palabras y acciones. <<Cómo me aparto de ella>>, pensaba abatido el hombre. <<Listo, ya es hora>>. Con la mejor cobardía y sin mirarla le dijo que se vaya, inútil era seguir teniendo falsas esperanzas junto a alguien que no la amaba. Alejo…, enunció Oriana con voz temblorosa y lágrimas deslizándose por su cara y muriéndose en su boca. Ya basta, mi soledad es lo que elegí, le dijo Alejo con paroxismo y Oriana se fue, aceptando y poniendo énfasis en su declive.
Un año ha pasado. Tragando licor adentro de un bar taciturno fue lo que duró esa vida, sólo quedó un mínimo de acritud que se oxidó en la mente de Alejo. “El tiempo había pasado como la mirada de los espejos que muestran tu verdadero yo, matándote y difamando tu realidad”. No le faltaba mucho para cumplir treinta y ocho años y darse cuenta que el amor es igual al olvido. En el bar Infierno de la calle Mitre y Estrada, Alejo fumaba. Observaba a una mujer jugando con su celular en una mesa y mirando por la ventana una noche lluviosa. Las calles se convirtieron en ríos, la basura de los residuos rotos flotaban como peces muertos; a la mitad de una esquina una pareja practicando indisolublemente sexo oral bajo las sombras de un árbol – era un hombre amando a otro hombre con la bella deformidad de su boca –, los autos estacionados pegados unos con otros. Y todo eso también lo veía Alejo del otro lado de la ventana en una noche decapitada. Esa mujer, le trajo un inesperado recuerdo de Oriana.
Alejo bebió hasta quedar borracho, inclinado a la locura, tuvo que soportar la brutalidad del cantinero quien lo echara por su deplorable estado. Caminó por ese diluvio y ese río cantando un poema de Jim Morrison con horrible inglés, llevándose puesto las bolsas de basura, pateando un sapo que se le había escurrido entre su zapato, exaltándose por los fuertes truenos que parecían demoler la tierra, chocándose el árbol donde se encontraba ese amor de hombres. Empapado llegó a su casa, tardando media hora en abrir la puerta, cayéndose una y otra vez al suelo. La ebriedad era hostil y lo negaba golpeando las paredes tratándose de despertar de esa vigilia hasta caer en la cama muriendo y volviendo a morir con los ojos estirados. Voy a buscarla, voy a buscarla, voy…, balbuceó Alejo dentro de su ensueño, babeando la almohada por la resaca; se levantó férvido de la cama eructando plagas de hedor: ¿La encontraré? ¿Dónde puedo hallarla…?
Siempre estuvo seguro de enajenar su desvarío por el amor; para él, toda la magnitud del amor era una llana metáfora, un invento de academias para los diccionarios. Sólo entendió que esa cursilería del alma o el corazón son sentimientos pedantes y pretenciosos. El alma es una electricidad imaginaria y el corazón (¡oh el corazón!) es un pedazo de carne que pronto será comida comida para gusanos, iguanas, gatos o perros callejeros que hurgan en los cementerios la cena de todas las noches. Entonces, ¿qué sentimientos explotaban en su pecho y aturdía su cabeza cuando ella se marchó de sus lívida vida?   
        A Alejo esa metáfora le fastidiaba, como también, que la gente haga de los deseos personales una metáfora de los sueños: no dejemos de soñar. Basura ilusoria tan común e interpolada a lo obvio, urdido a lo básico hasta el hartazgo. Entonces una vez más, se dijo y se preguntó... Entonces... Ese sentimiento que irrumpía dentro de él, lejos de las metáforas y los sueños, sería una aproximación del amor. Pero no se dio cuenta que un día amó a Oriana. ¿Qué importa? Él ganó provecho utilizando la palabra "amor" como una metáfora, como exclamando un deseo. La amo como a la luna blanca: otra obviedad, verso de puto poeta. 
Lucía, Karina, Roxana, Marisol, Viviana, Jennifer, su maestra de literatura, la bibliotecaria municipal, la esposa del concejal, la novia de su mejor amigo, la chica que jugaba al fútbol femenino en River Plate y que era dueña de una tienda de ropa en la calle Rivadavia, y más, muchas más han pasado por sus metáforas sin contar las de su presente antagónico y agónico y lacónico y…, ninguna para él. Su inmadurez le mostraba el rostro de Oriana en cada una de esas mujeres que viajaron magnánimas por su cuerpo y en los hombres que lo repudiaban y admiraban, siendo un impío-poeta, amante de sus esposas ridiculizando a éstos y dejando intrincados adornos en sus cabezas asemejándolos a los siervos. Todo es una metáfora, hasta los sueños claros y pálidos son una metáfora del espíritu.
Una mañana de verano salió en busca de Oriana, la abrasada tierra dibujaba un sol arbitrario. Alejo se dirigió hasta la calle Almafuerte 570 donde ella vivía (eso le había dicho). Esa dirección no existía, jamás existió, sólo la calle existe que terminó en un campo empobrecido. Miró a su costado izquierdo, un narcotraficante vendía drogas a unos adolescentes que murmuraban en un dialecto contemporáneo. Miró a su costado derecho y una vieja estaba corriendo a escobazos a los perros y gatos que habían orinado su jardín. Le preguntó a la señora si conocía a Oriana Maldonado. También a Alejo lo corrió a escobazos: Es una locura que la vieja esté loca, repudió Alejo, debe haber fumado algo del tranza de su vecino. Hubiera convidado vieja de mierda, pensó en voz alta, yéndose del lugar.
Recorriendo la Ciudad Oculta del Norte, Alejo trató de recordar el número de celular de Oriana, ya que lo había borrado. En las redes sociales ella lo bloqueó del sistema. Tuvo contacto con Clarita, una de las amigas, quien le dijo que nunca conoció a ninguna Oriana Maldonado. Alejo parecía vivir su propia ironía. Desde que conoció a Oriana, vivió de tortura en tortura: primero, la tortura de no verla, de no estar enamorado y de esposarse dentro de un remordimiento que ensuciaba su conciencia. Luego, la tortura de verla en los bares, supermercados chinos, ferias que venden réplicas de ropa de marca, en los mendigos que duermen en los trenes, en los adolescentes que vomitan esquirlas de alcohol en las calles, y en señoritas agarrándose de los pelos por algún pendejo totalmente drogado. La ve y no la ve. Allí está, exclamó su mente mientras caminaba por la calle Yrigoyen. La vio entrar en el edificio Torre y fue tras ella. Llegó tarde, el ascensor se había cerrado, pero de una zancada subió por las escaleras. Hizo una pausa mirando el bit para saber en qué piso se detenía: marcó el último. Otra zancada en dirección al piso once reanimó su ansia. Al llegar golpeó puerta por puerta llamando a Oriana y sólo lo atendieron damiselas visibles y hombres desnudos. Estaba desconcertado, una voz asomó desde la planta alta y el poeta fue hasta allí. No había nadie. No había voz. Se encontró con el vertiginoso cielo. Oriana valía más que ese lienzo. La atmósfera olía a jazmín, otra tarde de ángeles enjaulados, un fragor de viento se escudriñaba en la cara de Alejo, hubiera dado sus ojos por leerle un poema en ese instante.
Desde el ápice del edificio vio a Oriana parada en una esquina sin semáforo, otra vez vestía de eternidad y su ropa fusionada con su cuerpo. Ella acariciaba su pelo esperando que el transito cese mientras un pueblo la atravesaba. ¿Nadie la ve?, se preguntó, casi consumido por el vértigo. Se aproximó a la orilla y le gritó a Oriana hasta casi perder la voz. Era inconcebible que sólo él la viera allí tan cautiva e infinita, cristalinamente detenida en esa esquina sin fin ni confín y que la Ciudad Oculta del Norte estuviera ciega. Todo ese tiempo estuvo esperando un milagro que lo acercara a Oriana, algo como un despertar de la inconsciencia, algo como un espejo roto multiplicando las apariencias estériles: “en el cosmos el Poeta”, “en la tierra la Invisible”. Alejo exhaló lenta nostalgia, recalcitró dos pasos cegando sus ojos y en un ajar de recuerdos, miró a Oriana. El poeta saltó desde ese cielo impuro, tocó el alma de la Invisible en un espacio que el Tiempo detuvo.

(Ariel Van de Linde)
Derechos reservados
Pintura de Marcela Cabeza.


9 de febrero de 2017

EL OTRO ODISEO



Los centinelas aguardan en el barro inútil
la mano del rey que caerá sobre sus cabezas,
los árboles son testigos en la sequedad
que han de execrar los ojos de la longevidad.
Hay campos con estrellas jugando al ajedrez
y un público de mendigos en la órbita de cada una de sus caras
-el asombro no será más vasto
que la hipocresía-; diatriba, un manco y un papel,
especulaciones de bocas en la oscuridad sin continente
y la firma del Hacedor en un muro de palabras muertas
abolirán corazones infaustamente gregorianos.
¿Quién seré en este momento?, me pregunto
frente al espejo sin sombra, frente al oblicuo mar de mis manos.
Sé quiénes son los centinelas.
Acaso porque no sé quién es el rey que dirige a los muertos,
acaso si apenas puedo verme con vida: fracaso.

(Ariel Van de Linde)


23 de enero de 2017

CUALQUIER COSA MENOS ESTO



Desnudo en la arena, 
perturbado de horas
y temblando una luna sin luz;
ojos que marchitan la mentira 
de tus horizontes.

¿Quién creerá en ti?

Despojos de amores impertérritos
en las sombras de mi cerebro
son el fin y el comienzo 
de una epidemia amorosa.
Parco, muérdago, ovoide, desborde,
enfermo de tanto sueño.

Cualquier cosa menos esto:
tus velos, tus ojos, tus besos,
déjame destruir este espejo.

(Ariel Van de Linde)

7 de enero de 2017

AHORA, NO SIEMPRE



Ahora, oculto en la penumbra de una mujer,
me deslizo como una vértebra ciega 
abismándose hacia la sombra muerta que dejó un pájaro,
recibo los cristales de la lluvia en mi cara
y con mi cuerpo erguido estoy dispuesto a engendrar un arco y un iris. 

Ahora, oculto en las espinas que abandonaron la rosa,
la miro como un ciego puede mirar al sesgo
enervando los versos que ha pisado 
sin aún haberlos escrito con la atronadora apariencia del espíritu.

Bajo la lluvia el alba perdura en sus goznes;
todo declina,
todo se inclina,
todo se alinea,
todo se purifica
en un pequeño cielo de lo perplejo.

Ahora, como dos eternas lunas,
sus ojos me buscan
confundiéndose con el alma del tiempo;
no sé qué tiene
pero tiene lo suficiente para reconstruirme en sus dones.

Ahora, invisiblemente visible,
me desplomo en su eternidad
muy merecidamente sin merecerlo
y sentir al céfiro embellecer las mejillas de la muerte
que se diluirá en la memoria del silencio indiferente.    

Todo se contamina de plenitud, pero ahora, no siempre.

(Ariel Van de Linde)

10 de julio de 2016

ESE ESPEJO


Y ahora muerto, ¿qué hago con mi copia?
¿Cómo salgo de ese cálido asombro?
El otro, como aquél y como yo
vierte sus ojos de tiempo y reflejo sobre la sombra,
una belleza entorpece extrañamente los caminos de arena
construidos por la mirada de una rosa
y un círculo en la áspera nostalgia
abruma los paisajes 
que no corresponden a los sueños,
la muerte como la vida 
son obras de una mente infinita
que jugó muchas veces a ser un Dios y a ser Nadie.
Ahora muerto me miro en ese espejo
y mi cara no es la cara 
que una vez fue procreada por la vanidad;
esa copia no es tímida
pero aún no ha extinguido mi alma.
¡Qué realidad tan depravada,
qué ensueño y cómo se multiplica la imagen
cuando mutila nuestra verdadera apariencia!
¿Quién ha creado ese vientre de vidrio
del que una vez he sido engendrado?
¿Quién ha inventado mi copia
que una vez me ha revelado ese espejo?

(Ariel Van de Linde)

16 de mayo de 2016

GRITOS - El Lienzo de los Sueños



XXXVIII



…Mientras eso sucede, sucumbe a la condena
lo que resta de su cuerpo corroído por su verba:
vigilias de sueños, jirones de inocencia.

Javier Bibiloni (28-04-1979)


        Las casas de mi ciudad están hechas de barro, como de Teos horneros, las masas inclinadas hacia el poniente, luchan y trabajan su viaje imperecedero. Los patios, los jardines y un puñado de ocaso, huelen a una eximia felicidad.
        Esto le venía contando al Niño mientras caminábamos en medio de unos euforbios, un pasado que yo, había soñado en otro universo. Él se detuvo en otro camino que era asaz espinoso; me miró con curiosidad. Sus ojos eran como espejos que multiplicaban el sueño y mi perplejidad me llevó a interrogarle:
        – ¿No sientes dolor en ese camino?
        No respondió mi pregunta, su quietud me incomodó (tal vez sentí cierto temor), su silencio era exquisito y, sin esperarlo, de la nada abrió un portal. Nos hallábamos sentados adentro de un bar infrecuente llamado: La Visión. Sólo estábamos él y yo en aquel sitio del tiempo. La Visión, inexorablemente lo componía. 
         – ¿Dejaste de amar? – me preguntó el Niño vidente. Fue una pregunta que me tomó por sorpresa, a lo que respondí:
        – No sé a qué te refieres, Niño.
        – ¿Nunca has estado enamorado de alguien especial en ese universo? – me espetó.
        – ¿De alguien? – le dije, haciéndome el desentendido y proseguí inútilmente –. Como… ¿Una mujer?
         – Supongo que sí. Creo que es lógico que te enamores de una mujer. El apareo es un prodigioso ejercicio en los Dioses, pero, ellos dicen que el amor es un invento prosódico de ustedes; los mortales.
        No he podido urdir una sola palabra para contestar a sus inefables vacilaciones, no conseguía descifrar cuál era la clave de ese instante; su arduo comentario me había desorientado hasta lo inextricable, mi silencio era atroz, mi lengua se había convertido en una roca perfectamente inmóvil. Bien sabía que no podía engañarme y hacer más inútil la cosa.
        – No lo sé…, no sé qué he perdido – le dije dudosamente.
        – Cuéntame, humano – exclamó cálidamente.
        Tuve que recurrir al poder del recuerdo para satisfacer la curiosidad del Niño. Sentí que su mente ansiosa, lo amenazaba.
         – Ella y yo – comencé a relatarle, mientras él en la quietud me miraba y me oía –. Nacimos en un pueblo que fueron aldeas un día y antes del anochecer un vacío se extravió dentro de mi conciencia mortal. Ella vivía en la calle Del Valle; tarareaba hermosas melodías mientras preparaba la cena y adornaba la mesa con flores silvestres y jazmines del lago. Yo solía leerle mis poesías que escribía bajo los detenidos árboles de un Ródano inexistente; no eran poesías de amor, pero ella siempre escuchaba enamorada. Por eso, no sé qué es lo que he perdido. Una noche, que no era como otras noches, cayeron unas estrellas y dejé de leer. Le grité en ese momento: ¡No me muestres los espejos! ¡No quiero ver mi rostro allí! ¡Déjame hostigar la acuarela!...
        El rostro del Niño, petrificado hasta lo absurdo, dibujaba una tibia emoción. Yo, recordando el olvido, decidí declamarle uno de mis últimos poemas que le había regalado a ese: “No sé qué he perdido”.

Agonías: En el estío de un templo
corrían, seres embarrados mueren
en las rendijas deterioradas de un barco.
La abominación controla las almas tejidas
como un gentío de hormigas labradoras,
buscando esa tímida ilusión escarbando 
bajo la sombría yerga de los montes.

Los truenos soñaron con los Dioses
anunciando a un peregrino sagrado,
el pueblo se ha precipitado y los rostros
que fallecieron son olvidados en el acero.

El instante grita, el silencio se amiga
en las superficies teñidas con sangre
y ella, no me ha vuelto a escuchar. 

¡No me muestres los espejos!
¡No quiero ver mi rostro allí! 
¡Déjame hostigar la acuarela!

Hubo un tiempo que estuve enamorado,
ya no; tal vez el dibujo dentro de mí 
disipó su pintura en una mesa de llanto
y licor barato, purgando a cada muerto.

        No saber lo que uno ha perdido es atormentar de algún modo el pasado y el olvido. El Niño no parecía inmutarse, entonces le dije:           
        – Ella se desdibujó un día. Me dijo con su callada voz: No tengas miedo. Cerré mis ojos, menos de un interminable segundo y, cuando los abrí, ella, desapareció; dejé de amar. Creo que fue eso, quizás una heráldica y no una realidad. No sé qué he perdido.
        – Vaya, nada mal para ser un aprendiz de poeta – dijo él, con modesto asombro –. Sí que son criaturas interesantes los humanos. Nuestra madre estaría orgullosa de ti. Es una lástima que yo no pueda acompañar tu pena; tal vez deberías prescindir del amor.
        – ¿Qué? – musité confundido.
        El Niño palmeó mi hombro izquierdo y terminó secamente el diálogo, comenzó a caminar hacia una puerta y de espaldas a mí, me invitó a continuar con el viaje, pero una incertidumbre que combatía en mi pecho me llevó a decirle:
        – Espera ¿Por qué este bar se llama La Visión?
        Él, se detuvo y con una risa leve e irónica, respondió:
        – Humano. ¿En dónde crees que estás viajando?...

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(Ariel Van de Linde)

3 de mayo de 2016

UN SUEÑO DE ONIRO



En el alba y en el declive de la tarde, 
en el amanecer de la noche, 
en tus ojos de luna (que son mis espejos), 
en el mar que nunca conocí, 
en los arduos momentos, 
tu alma es el fulgor de mi laberinto 
que me muestra la salida 
hacia el laúd de tu equis de vidrio 
y con unas horas de amor
el mundo nos envidia: el mundo, nos imita.
Sobraba un espacio en mí
y lo he rellenado de ego hambriento
desobedeciendo las voces que carcomen el tiempo.
¿Quién pudiera deshacer esa anomalía
para morir en la declinación de las horas?
Sólo dime si estás aquí
y seré tu lugar
y ya no hará falta morir,
no será preciso que declinen las horas,
bastará con ser dos vidas en un jardín,
bastará asolar al mundo con tus ojos y con mis ojos,
bastará escudriñar la eternidad 
para inventar un sueño en otro sueño, 
de otro jardín y otra manzana, quizás otra eternidad.
Así existimos, así el tiempo se interpola al olvido,
así entras en mi espacio
sin que nadie nos vea, sin que nadie nos importe.

(Ariel Van de Linde)​

VÁSTAGO


Una música interrumpe tu semisueño
estampado de arcilla y de hueco
junto al paréntesis silencio de tu respiración
cuando anochece perpetuo un profano de muslos abiertos.
Vuela sobre las extremidades del céfiro,
haz una luna con la arena desgarrada por el desierto
y devela su cuerpo que se hace réplica en mis espejos,
bebe la sonrisa del ángel de la sequía
levantando una rebelión de leones y tigres
en la cúspide de tu cama.
Grita que me odias y que me amas simultáneamente
que yo sólo te amaré pendiendo de un cordón sin tiempo;
corre hacia el cielo
y absorbe el viscoso abismo de tus celos
sin alejarte de mis ojos sedientos de algoso 
y perpetuo pájaro 
extremadamente loco de tanto ser cuerdo.
No voy a huir de tus epítetos agonizantes,
me impregnaré de ti en mis poemas
que aún no han sido escritos 
y me haré piedra incorruptible 
para colapsar con aquella música que te ha interrumpido. 

(Ariel Van de Linde)