SEGUIDORES DEL AVERNO

24 de febrero de 2014

POEMA DEL JARDÍN Y LOS EPITAFIOS


En la tibia tarde y el estío del tiempo,
camino sollozando por éste jardín silencioso,
observando sus epitafios labrados en cruces
y muros extraños donde reposan las sombras
en un ajar eterno que la muerte dora.

Me siento junto a tu descanso oculto,
sin aromas de jazmines, como aquellos jazmines,
donde corríamos por verdaderos jardines,
cuando niños y adolescentes jugamos al amor inseparable,
y un sueño después... tu vientre cantó su fruto.

Este jardín es diferente,
lleno de epitafios, lleno de silencios,
sus flores viven en jarrones de bronce,
vestidos con nostalgias y temores...

Me hace sentir solo en la bruma felonía,
que se subleva bajo el barro y la niebla.

La brisa del céfiro es su único aroma
que abraza este ciego imperio atravesando
mi cuerpo como un fantasma desesperado,
tan invisible, como el visible miedo.

¡Y aquí me encuentro!

Llorando un poema triforme
que a ti te dejo escrito
en un epitafio eterno.

¡Perdóname!, no te he traído hoy
el aroma de los jazmines.

De sólo contarte, que sobre mis noches
en mi cama no te encuentro
y como un bebé aferrado al desconsuelo,
siento tu mano en mi rostro
llevándome al cálido y dulce sueño...

¡Te amo tanto y ya no te tengo!
¡Te extraño tanto y ya no te espero!

Cuanto sabes que ya no volveré a verte,
en este mundo diferente,
en este jardín benevolente.
Sólo un pedazo de mi alma
quedará en tu álgebra del alba amada mía.

Mi memoria se encuentra en esas piedras,
en los epitafios que te rodean,
y lo llevarás a nuestro infinito fruto
con forma de jazmines, al otro lado del muro.


(Ariel Van de Linde)