SEGUIDORES DEL AVERNO

10 de julio de 2016

ESE ESPEJO


Y ahora muerto, ¿qué hago con mi copia?
¿Cómo salgo de ese cálido asombro?
El otro, como aquél y como yo
vierte sus ojos de tiempo y reflejo sobre la sombra,
una belleza entorpece extrañamente los caminos de arena
construidos por la mirada de una rosa
y un círculo en la áspera nostalgia
abruma los paisajes 
que no corresponden a los sueños,
la muerte como la vida 
son obras de una mente infinita
que jugó muchas veces a ser un Dios y a ser Nadie.
Ahora muerto me miro en ese espejo
y mi cara no es la cara 
que una vez fue procreada por la vanidad;
esa copia no es tímida
pero aún no ha extinguido mi alma.
¡Qué realidad tan depravada,
qué ensueño y cómo se multiplica la imagen
cuando mutila nuestra verdadera apariencia!
¿Quién ha creado ese vientre de vidrio
del que una vez he sido engendrado?
¿Quién ha inventado mi copia
que una vez me ha revelado ese espejo?

(Ariel Van de Linde)

16 de mayo de 2016

GRITOS - El Lienzo de los Sueños



XXXVIII



…Mientras eso sucede, sucumbe a la condena
lo que resta de su cuerpo corroído por su verba:
vigilias de sueños, jirones de inocencia.

Javier Bibiloni (28-04-1979)


        Las casas de mi ciudad están hechas de barro, como de Teos horneros, las masas inclinadas hacia el poniente, luchan y trabajan su viaje imperecedero. Los patios, los jardines y un puñado de ocaso, huelen a una eximia felicidad.
        Esto le venía contando al Niño mientras caminábamos en medio de unos euforbios, un pasado que yo, había soñado en otro universo. Él se detuvo en otro camino que era asaz espinoso; me miró con curiosidad. Sus ojos eran como espejos que multiplicaban el sueño y mi perplejidad me llevó a interrogarle:
        – ¿No sientes dolor en ese camino?
        No respondió mi pregunta, su quietud me incomodó (tal vez sentí cierto temor), su silencio era exquisito y, sin esperarlo, de la nada abrió un portal. Nos hallábamos sentados adentro de un bar infrecuente llamado: La Visión. Sólo estábamos él y yo en aquel sitio del tiempo. La Visión, inexorablemente lo componía. 
         – ¿Dejaste de amar? – me preguntó el Niño vidente. Fue una pregunta que me tomó por sorpresa, a lo que respondí:
        – No sé a qué te refieres, Niño.
        – ¿Nunca has estado enamorado de alguien especial en ese universo? – me espetó.
        – ¿De alguien? – le dije, haciéndome el desentendido y proseguí inútilmente –. Como… ¿Una mujer?
         – Supongo que sí. Creo que es lógico que te enamores de una mujer. El apareo es un prodigioso ejercicio en los Dioses, pero, ellos dicen que el amor es un invento prosódico de ustedes; los mortales.
        No he podido urdir una sola palabra para contestar a sus inefables vacilaciones, no conseguía descifrar cuál era la clave de ese instante; su arduo comentario me había desorientado hasta lo inextricable, mi silencio era atroz, mi lengua se había convertido en una roca perfectamente inmóvil. Bien sabía que no podía engañarme y hacer más inútil la cosa.
        – No lo sé…, no sé qué he perdido – le dije dudosamente.
        – Cuéntame, humano – exclamó cálidamente.
        Tuve que recurrir al poder del recuerdo para satisfacer la curiosidad del Niño. Sentí que su mente ansiosa, lo amenazaba.
         – Ella y yo – comencé a relatarle, mientras él en la quietud me miraba y me oía –. Nacimos en un pueblo que fueron aldeas un día y antes del anochecer un vacío se extravió dentro de mi conciencia mortal. Ella vivía en la calle Del Valle; tarareaba hermosas melodías mientras preparaba la cena y adornaba la mesa con flores silvestres y jazmines del lago. Yo solía leerle mis poesías que escribía bajo los detenidos árboles de un Ródano inexistente; no eran poesías de amor, pero ella siempre escuchaba enamorada. Por eso, no sé qué es lo que he perdido. Una noche, que no era como otras noches, cayeron unas estrellas y dejé de leer. Le grité en ese momento: ¡No me muestres los espejos! ¡No quiero ver mi rostro allí! ¡Déjame hostigar la acuarela!...
        El rostro del Niño, petrificado hasta lo absurdo, dibujaba una tibia emoción. Yo, recordando el olvido, decidí declamarle uno de mis últimos poemas que le había regalado a ese: “No sé qué he perdido”.

Agonías: En el estío de un templo
corrían, seres embarrados mueren
en las rendijas deterioradas de un barco.
La abominación controla las almas tejidas
como un gentío de hormigas labradoras,
buscando esa tímida ilusión escarbando 
bajo la sombría yerga de los montes.

Los truenos soñaron con los Dioses
anunciando a un peregrino sagrado,
el pueblo se ha precipitado y los rostros
que fallecieron son olvidados en el acero.

El instante grita, el silencio se amiga
en las superficies teñidas con sangre
y ella, no me ha vuelto a escuchar. 

¡No me muestres los espejos!
¡No quiero ver mi rostro allí! 
¡Déjame hostigar la acuarela!

Hubo un tiempo que estuve enamorado,
ya no; tal vez el dibujo dentro de mí 
disipó su pintura en una mesa de llanto
y licor barato, purgando a cada muerto.

        No saber lo que uno ha perdido es atormentar de algún modo el pasado y el olvido. El Niño no parecía inmutarse, entonces le dije:           
        – Ella se desdibujó un día. Me dijo con su callada voz: No tengas miedo. Cerré mis ojos, menos de un interminable segundo y, cuando los abrí, ella, desapareció; dejé de amar. Creo que fue eso, quizás una heráldica y no una realidad. No sé qué he perdido.
        – Vaya, nada mal para ser un aprendiz de poeta – dijo él, con modesto asombro –. Sí que son criaturas interesantes los humanos. Nuestra madre estaría orgullosa de ti. Es una lástima que yo no pueda acompañar tu pena; tal vez deberías prescindir del amor.
        – ¿Qué? – musité confundido.
        El Niño palmeó mi hombro izquierdo y terminó secamente el diálogo, comenzó a caminar hacia una puerta y de espaldas a mí, me invitó a continuar con el viaje, pero una incertidumbre que combatía en mi pecho me llevó a decirle:
        – Espera ¿Por qué este bar se llama La Visión?
        Él, se detuvo y con una risa leve e irónica, respondió:
        – Humano. ¿En dónde crees que estás viajando?...

Isbn: 978-987-3730-15-3
Todos los derechos reservados

(Ariel Van de Linde)

3 de mayo de 2016

UN SUEÑO DE ONIRO



En el alba y en el declive de la tarde, 
en el amanecer de la noche, 
en tus ojos de luna (que son mis espejos), 
en el mar que nunca conocí, 
en los arduos momentos, 
tu alma es el fulgor de mi laberinto 
que me muestra la salida 
hacia el laúd de tu equis de vidrio 
y con unas horas de amor
el mundo nos envidia: el mundo, nos imita.
Sobraba un espacio en mí
y lo he rellenado de ego hambriento
desobedeciendo las voces que carcomen el tiempo.
¿Quién pudiera deshacer esa anomalía
para morir en la declinación de las horas?
Sólo dime si estás aquí
y seré tu lugar
y ya no hará falta morir,
no será preciso que declinen las horas,
bastará con ser dos vidas en un jardín,
bastará asolar al mundo con tus ojos y con mis ojos,
bastará escudriñar la eternidad 
para inventar un sueño en otro sueño, 
de otro jardín y otra manzana, quizás otra eternidad.
Así existimos, así el tiempo se interpola al olvido,
así entras en mi espacio
sin que nadie nos vea, sin que nadie nos importe.

(Ariel Van de Linde)​

VÁSTAGO


Una música interrumpe tu semisueño
estampado de arcilla y de hueco
junto al paréntesis silencio de tu respiración
cuando anochece perpetuo un profano de muslos abiertos.
Vuela sobre las extremidades del céfiro,
haz una luna con la arena desgarrada por el desierto
y devela su cuerpo que se hace réplica en mis espejos,
bebe la sonrisa del ángel de la sequía
levantando una rebelión de leones y tigres
en la cúspide de tu cama.
Grita que me odias y que me amas simultáneamente
que yo sólo te amaré pendiendo de un cordón sin tiempo;
corre hacia el cielo
y absorbe el viscoso abismo de tus celos
sin alejarte de mis ojos sedientos de algoso 
y perpetuo pájaro 
extremadamente loco de tanto ser cuerdo.
No voy a huir de tus epítetos agonizantes,
me impregnaré de ti en mis poemas
que aún no han sido escritos 
y me haré piedra incorruptible 
para colapsar con aquella música que te ha interrumpido. 

(Ariel Van de Linde)

20 de febrero de 2016

PRECIOSA CONTRADICCIÓN



Mírame, oh mujer
                                       que sosegada
                                                                     sobre mis corneas
detienes el tiempo con la asirse 
                                                                    de tu fruta póstuma
       que jamás han visto mis ojos
            ni la he conocido conociéndola.

¿Dónde yace tu esencia?
Dime,
¿qué Hades arguyó con su lapislázuli la orilla de tu noche?

Los ovoides ulteriores a ti
multiplicarán el anatema de tinieblas y de cielos
y la matriz que me ha engendrado
se disolverá en la oquedad de un lienzo
urdido por ángeles
que caerán desde el humus hacia una preciosa contradicción
que tu amor atribuye a mi vórtice famélico.

Sólo...
               ¡Cuéntame, enséñame!
           
Oh tú, preciosa contradicción.


Sé que lo sabes, sé que eres tú la esfera de la infinitud,
déjame dormir en ti,
déjame detenerme 
que sobre el escabel, un sueño furioso
me anclará a tu desdén y los anillos de tus ojos.

Aquí
Allá
O tal vez en este centro
Un preludio de huesos y occipucios
amarán a este cuerpo de barro
cuando vuelva a morder la manzana,
brinca en mi loco pecado
y mordamos una vez más de esta fruta.
Oh, mujer…, tú, preciosa contracción. 

(Ariel Van de Linde)

19 de febrero de 2016

MI ZAFIRO



El sueño estaba compuesto como una torre formada
por capas sin fin que se alzaran y se perdieran en el infinito,
o bajaran en círculos perdiéndose en las entrañas de la tierra.

Anaïs Nin, Winter of Artifice. A mi hermana Carla Jimena.


 Mi Zafiro. De todas las joyas, ella es la más hermosa. Recuerdo el día de su nacimiento, fue un trece de agosto del ochenta y nueve, hacía frío. Yo tenía doce años. Esa noche con Valeria estuvimos solos en nuestra casa mirando las noticias, pasaban la biografía sobre un hombre de exuberante patilla (imitación de caudillo) y que era el nuevo presidente de los argentinos: me fui a dormir mientras Valeria cenaba el guiso cocinado por mi viejo antes de irse al hospital. Al día siguiente, mis padres llegaron con la niña recién nacida, era tierna la guacha, tenía un brillo de ángel haciendo terso su capricho, un carácter adamantino donde sólo ella se daba citas precisas llorando por la teta de su madre.
La vida era tosca a finales de los ochenta, había que laburar de sol a sol para traer el plato de comida a la casa, entonces mi madre me dejó a cargo de Zafiro hasta que ella – sucesivamente todos los días – volviera del trabajo; terminé la primaria y no anhelé empezar la secundaria porque aborrecía estudiar, nunca me dejé compeler por esa usura. Yo, le cambiaba los pañales a Zafiro con sus materias dolorosamente putrefactas, la bañaba en un fuentón verde, la vestía, le calentaba la leche para que luego no la tomara, cuando le daba unas palmaditas en la espalda me vomitaba el cuello: mocosa irreverente.
Pasaron los primeros años y todos estábamos atentos y embelesados con Zafiro, esperábamos a que emitiera su primera palabra. La niña se babeaba y golpeaba la barandilla del andador, ya caminaba pero no con total equilibrio.
– Silencio – dijo mi madre –, estaba por decir algo.
Me acerqué hasta Zafiro execrando palabras de pájaro invertebrado: no dijo nada, fue la imaginación de la vieja. Valeria se fue a la piecita a estudiar para rendir el examen de Lengua al día siguiente, mi madre había empezado a cocinar el almuerzo y yo me fui a sentar en uno de los umbrales de tanta casa precaria. El ocio y la costumbre (pensé) son una especie de orden cerrado aunque no quería decírselo a mi madre. En un momento, sentí el golpe de una pelota en mi cabeza, me di vuelta insultando al céfiro que franqueaba vagamente por la casa y entreví que se trataba de Zafiro, se reía a más no poder la guacha, la alcé entre mis brazos haciéndole cosquillas y de pronto Zafiro gritó: “¡Nano!” Mi ignorancia adolescente me llevó a preguntarme qué mierda quiso decirme con “Nano”; mi madre y Valeria la habían escuchado.
– Hermano; te gritó la nena – me dijo mi madre. Ella comprendía el lenguaje de la niña.
Murieron todos de envidia, soy la primera palabra de Zafiro. Entonces pasaron los años y Zafiro terminó la secundaria; mi padre abandonó la familia – fácil empresa –, era sencillo conjeturar que él no asomaría su nariz de tanta soberbia, el viejo se fue a vivir con mi abuela (tiempo después mi abuela murió). El viejo tuvo que sacrificar la mitad de su jubilación y alquilar un departamento; luego de lo acaecido, le agarró lo pendejo repentinamente y componía temas country y otras perplejidades con una guitarra criolla que servía más como florero de cementerio que para usarla como instrumento. Zafiro, posteriormente entre idas y venidas, entre lunas y lunas, la constelación del León brilló en sus ojos: recibió felizmente el título de Abogada en la Facultad de Derecho de Buenos Aires.
Éramos diferentes. Nuestra sangre, aunque la misma, nada tenía que ver el uno con el otro. Ella, una mujer hecha y derecha y yo un vago consciente junto a la perennidad del universo, un poeta forjado secretamente en un vientre. “Puta che, cómo pasaron los años”, me reproché un trece de agosto del 2015. Zafiro, aunque deba soportarle su carácter adamantino y su vileza de cotorra perdida en algún bioparque, es la maestra en mis pasos de papel, amor que demanda nuestro libre albedrío sobre un día estival y en un rincón mirando hacia el poniente sin mirarlo, pero, tan perfecta es ella; mi Zafiro, única y eterna.         

(Ariel Van de Linde)

19 de enero de 2016

EL SUICIDA (microcuento del libro "La Conquista")




    Amanece. La fuente con un Ángel color barro y sin alas, el agua herrumbrada; un toro muerto cuya carne la devora un perro; yo, en un banco mirando un patio o un jardín junto a la mujer de mis ojos. "Diana, el desayuno está frío, mejor ve a tu casa o llegarás muy tarde". El hipocampo escapó de su pecera, las estrellas duermen y del otro lado de la luna todavía vive pensándose muerto, el suicida.
     – Así es la vida – dijo la Biblia.

(Ariel Van de Linde)

EL LABERINTO DEJÓ DE SER


El laberinto dejó de ser el laberinto,
ya no necesitamos de ese hilo,
ya podemos ver el disco de mármol
y el nacimiento del alba dentro de un sueño
que inexplicablemente nos conoce.
Sólo hay bailarinas
alrededor de Teseo
y una voz de papel
haciendo feliz a los prisioneros
en ese trémulo y pacífico infierno.
Yo vivo, yo muero,
yo soy el olvido y el eterno
y un pájaro
que se abisma hacia lo remoto
para no dejar de existir en estas rocas.
Los prisioneros 
hallaron mil y una salidas en el laberinto
pero todos eligieron no morir
y todos construyeron un altillo de sombra
que les permita perder las huellas de Minos, el otro adán,
que se ha entregado solitario a su deshecho y fiel destino.

¡Oh, Ariadna!, el Minotauro es el Poeta.


(Ariel Van de Linde)

LA LUNA DE ESPALDA



Hay tanto amor en esa sombra,
hay tanto Ser en ese espejo;
una luna de espalda que no te nombra
y un límpido mar que diseña tu reflejo.

Así es tu cuerpo.
Un cabeceo infinito de caderas,
una oleada de cabellos en la pradera
y unos ojos resignados a la noche.

¿Qué individuo fatal será tu hombre,
qué rasgo sin gloria será tu escoria,
qué imponente cielo será tu velo?

Sólo tú y unos ojos de niña
suponen a un tiempo descalzo en la tierra
y una aurora que desnuda tus estrellas
camina con las manos estrechas 
hacia un laberinto de cristal de imperfecta apariencia.  

Oh energía de tu pecho,
oh copulación en tu lecho,
hay tanto amor en esa anónima sombra
que la luna de espalda, no te nombra. 

(Ariel Van de Linde​)