SEGUIDORES DEL AVERNO

16 de mayo de 2016

GRITOS - El Lienzo de los Sueños



XXXVIII



…Mientras eso sucede, sucumbe a la condena
lo que resta de su cuerpo corroído por su verba:
vigilias de sueños, jirones de inocencia.

Javier Bibiloni (28-04-1979)


        Las casas de mi ciudad están hechas de barro, como de Teos horneros, las masas inclinadas hacia el poniente, luchan y trabajan su viaje imperecedero. Los patios, los jardines y un puñado de ocaso, huelen a una eximia felicidad.
        Esto le venía contando al Niño mientras caminábamos en medio de unos euforbios, un pasado que yo, había soñado en otro universo. Él se detuvo en otro camino que era asaz espinoso; me miró con curiosidad. Sus ojos eran como espejos que multiplicaban el sueño y mi perplejidad me llevó a interrogarle:
        – ¿No sientes dolor en ese camino?
        No respondió mi pregunta, su quietud me incomodó (tal vez sentí cierto temor), su silencio era exquisito y, sin esperarlo, de la nada abrió un portal. Nos hallábamos sentados adentro de un bar infrecuente llamado: La Visión. Sólo estábamos él y yo en aquel sitio del tiempo. La Visión, inexorablemente lo componía. 
         – ¿Dejaste de amar? – me preguntó el Niño vidente. Fue una pregunta que me tomó por sorpresa, a lo que respondí:
        – No sé a qué te refieres, Niño.
        – ¿Nunca has estado enamorado de alguien especial en ese universo? – me espetó.
        – ¿De alguien? – le dije, haciéndome el desentendido y proseguí inútilmente –. Como… ¿Una mujer?
         – Supongo que sí. Creo que es lógico que te enamores de una mujer. El apareo es un prodigioso ejercicio en los Dioses, pero, ellos dicen que el amor es un invento prosódico de ustedes; los mortales.
        No he podido urdir una sola palabra para contestar a sus inefables vacilaciones, no conseguía descifrar cuál era la clave de ese instante; su arduo comentario me había desorientado hasta lo inextricable, mi silencio era atroz, mi lengua se había convertido en una roca perfectamente inmóvil. Bien sabía que no podía engañarme y hacer más inútil la cosa.
        – No lo sé…, no sé qué he perdido – le dije dudosamente.
        – Cuéntame, humano – exclamó cálidamente.
        Tuve que recurrir al poder del recuerdo para satisfacer la curiosidad del Niño. Sentí que su mente ansiosa, lo amenazaba.
         – Ella y yo – comencé a relatarle, mientras él en la quietud me miraba y me oía –. Nacimos en un pueblo que fueron aldeas un día y antes del anochecer un vacío se extravió dentro de mi conciencia mortal. Ella vivía en la calle Del Valle; tarareaba hermosas melodías mientras preparaba la cena y adornaba la mesa con flores silvestres y jazmines del lago. Yo solía leerle mis poesías que escribía bajo los detenidos árboles de un Ródano inexistente; no eran poesías de amor, pero ella siempre escuchaba enamorada. Por eso, no sé qué es lo que he perdido. Una noche, que no era como otras noches, cayeron unas estrellas y dejé de leer. Le grité en ese momento: ¡No me muestres los espejos! ¡No quiero ver mi rostro allí! ¡Déjame hostigar la acuarela!...
        El rostro del Niño, petrificado hasta lo absurdo, dibujaba una tibia emoción. Yo, recordando el olvido, decidí declamarle uno de mis últimos poemas que le había regalado a ese: “No sé qué he perdido”.

Agonías: En el estío de un templo
corrían, seres embarrados mueren
en las rendijas deterioradas de un barco.
La abominación controla las almas tejidas
como un gentío de hormigas labradoras,
buscando esa tímida ilusión escarbando 
bajo la sombría yerga de los montes.

Los truenos soñaron con los Dioses
anunciando a un peregrino sagrado,
el pueblo se ha precipitado y los rostros
que fallecieron son olvidados en el acero.

El instante grita, el silencio se amiga
en las superficies teñidas con sangre
y ella, no me ha vuelto a escuchar. 

¡No me muestres los espejos!
¡No quiero ver mi rostro allí! 
¡Déjame hostigar la acuarela!

Hubo un tiempo que estuve enamorado,
ya no; tal vez el dibujo dentro de mí 
disipó su pintura en una mesa de llanto
y licor barato, purgando a cada muerto.

        No saber lo que uno ha perdido es atormentar de algún modo el pasado y el olvido. El Niño no parecía inmutarse, entonces le dije:           
        – Ella se desdibujó un día. Me dijo con su callada voz: No tengas miedo. Cerré mis ojos, menos de un interminable segundo y, cuando los abrí, ella, desapareció; dejé de amar. Creo que fue eso, quizás una heráldica y no una realidad. No sé qué he perdido.
        – Vaya, nada mal para ser un aprendiz de poeta – dijo él, con modesto asombro –. Sí que son criaturas interesantes los humanos. Nuestra madre estaría orgullosa de ti. Es una lástima que yo no pueda acompañar tu pena; tal vez deberías prescindir del amor.
        – ¿Qué? – musité confundido.
        El Niño palmeó mi hombro izquierdo y terminó secamente el diálogo, comenzó a caminar hacia una puerta y de espaldas a mí, me invitó a continuar con el viaje, pero una incertidumbre que combatía en mi pecho me llevó a decirle:
        – Espera ¿Por qué este bar se llama La Visión?
        Él, se detuvo y con una risa leve e irónica, respondió:
        – Humano. ¿En dónde crees que estás viajando?...

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(Ariel Van de Linde)