SEGUIDORES DEL AVERNO

23 de febrero de 2017

LA INVISIBLE (Historias de la Ciudad Oculta del Norte)




Alejo vio a Oriana, involuntariamente, en un bar de la calle Travi y Colón sobre una tarde de ángeles enjaulados. Alejo pegó su nariz contra el ventanal admirándola y engendrando un vaho hirsuto. Ella vestía de eternidad, su ropa se fusionaba a sus vértices femeninos llamando la atención de hombres, mujeres y adolescentes que cruzaban la calle con la luz del semáforo en rojo penetrándola con ojos lunáticos. La piel de Oriana emanaba una fragancia a jazmín que avivaba primaveras en pleno invierno.
Él la persiguió esa tarde, logró alcanzarla, se miraron y se gustaron, charlaron un largo rato y antes de marcharse del casual encuentro, Alejo le preguntó si existía la posibilidad de que ella fuese a su casa algún día. Oriana respondió que sí, entonces se pasaron los números de celulares, sus perfiles de Facebook, de Instagram y quedaron en contactarse por mensajes de textos o whatsapp (algo que no se nombra es, que la tecnología es la muerte súbita de todo secreto, profanadora de intimidades y amistades fingidas pero con buena reputación). El sentimiento interior de Alejo era como una paz mecánica que sólo podía atribuirle una naranja, se ladeaba la boca suspirando curvaturas de aire permanentemente jovial e intrínseco cuando miraba a Oriana. No han tardado en escribirse, comenzaron apenas se dejaron: en simultáneo, Alejo recibía mensajes de sus amantes que querían confirmar cierto encuentro con él. Era todo un producto reciclado de seducción, un sabio y joven poeta donde sus palabras conquistaban todo a su paso. Este hombre llevaba una vida de poca inspiración económica, tampoco lo atraía la ambición, un buen vago fálico que muchas veces pasaba desapercibido en los momentos cruciales, era feliz con su forma de existencia. Suspendió todo encuentro con aquellas ninfas borrándolas de su agenda prostibularia. Por la noche no durmió, se imaginaba los labios de esta mujer como una entidad libertaria, ajena a toda energía y a todo resto tributario. Desde su cama, miraba la computadora y al mismo tiempo miraba un cuaderno y una birome, ¿en cuál de los dos objetos podría escribir el poema que lo estaba favoreciendo?    
Al siguiente día se encontraron en la puerta de una farmacia de turno a las diez de la noche. Se tomaron de la mano y comenzaron a caminar perdidamente, mudos en la breve pertinacia, sus risas amagaban ser besos de antaño, metidos los ojos de ambos en lo más hondo de sus narices, chocándose la puerta de vidrio de una librería de la calle César Díaz, y Alejo la llevó a su casa: llegaron, entraron. Él la arrinconó contra la pared y comenzó a besarla, Oriana comenzó a desearlo, tomó sus manos y las subió hasta sus senos. Se desvistieron, se volvieron a besar, Alejo la alzó en vilo y la llevó a la cama besándola. Estaban ciegos e intolerables dentro de ese mar de sábanas y tigres ilustrados. Hacían el amor con desesperación e indómita lentitud, los dedos de Oriana apretaban la almohada que terminó como una estampa en el piso transpirado: Él le enseñó a montar, ella le enseñó a galopar, él gozaba de su infinita entrepierna, ella gozaba de su perpetuo aliento a menta reciclada. Él jadeaba su oreja, ella mordía su hombro, él era él, ella se enamoró, él seguía siendo él y el único.
Eso había sido el principio de una escoria y la necesidad de un sentimiento al que Alejo nunca se precipitó, una manera de decir: ven a mí pero aléjate rápidamente. Una estúpida razón en la que el sexo era el podio adquirido y levantado desde su altar como un trofeo ganado en un juego de azar. Tentáculos de palabras en la que cualquier mujer era una presa segura, donde caían hipnotizadas en la cama, el altar donde se confiesan todos los benévolos pecados, donde el sacerdote se llama “Coito” y la penitencia de hacer el amor al menos cinco veces por noche, era admirable para Alejo. Es fama, que sólo un hombre primitivo pueda inducirse bajo el deseo de un apetito momentáneo. El inextricable afán de Alejo para enamorar mujeres lo hacía un hábil de la mentira, un Euclides, un álgebra de la psicología: filosofía enormísima para él.
Por la madrugada, ella despertó en su pecho. Lo contemplaba con metafórica admiración mientras Alejo dormía roncando de una manera ominosa que podría despertar a los que sufren de sordera. Oriana lo despertó con un desayuno – algo que él no esperaba –, café con leche, tostadas hechas con pan duro y mermelada adulterada: No encontré más que esto, dijo Oriana: No hay problema, dijo Alejo, tengo un estómago bisexual, no desecha nada. Ella, rió embelesada.
El momento de ambos era disímil. Oriana lo miraba y pensaba que él, era el hombre que toda mujer desea tener, un hombre para amar y ser amada. Alejo la miraba y pensaba a qué hora se iba a ir esta mujer de su casa, su compañía le molestaba, una más de su lista. Oriana le dijo que podía arroparlo en el seno de su vida, cuidarlo, vivir con él en los momentos difíciles, que lo enamoraría al punto de que Alejo saltara del cielo por ella. Este hombre quedó deslumbrado por lo que Oriana había expresado, sintió en su ser lo que ninguna otra mujer le hizo sentir con pocas palabras. Ella era Venus.
Así pasaron los días, y con los días los meses, y con los meses pasó un año. Oriana se convirtió en su fiel mucama ad honorem lo cual ese joven poeta no registraba su apariencia. Hablaban de cosas cotidianas y comunes, hacían el amor con obligación perpetua; él, sin entender por qué la seguía viendo; ella, entendiendo que el amor es ser ignorada divinamente, todo lo demás era exiguo y secundario. Como uno de los tantos días en que Oriana paseaba por la plaza San Martín y se topó con Alejo saludándola como a una conocida del barrio y continuando su camino con la excusa de que iba a ver a su madre. Pensar, que muchos dirían, que una mujer como Oriana tendría todo a su antojo y que merece ese prototipo o arquetipo masculino que sólo se encuentra en los cuento de hadas. El sapo ya estaba transformado en hombre, el traje azul lo olvidó en el Támesis. A Oriana no le importaba todo ese vómito mediático que tejía la chusma pasándose el tiempo con el culo apostado en sillones y sillas de mucha hondura, hablando de los demás como una sinfonía de cuervos en celo metidos adentro de un teatro plagado de barbitúricos en vez de pochoclos o caramelos. Su felicidad era Alejo; le escribía cartas, le dejaba mensajes en las redes sociales, le mandaba textos por celular contándole lo que pensaba y sentía por esa relación, recibiendo de Alejo, las gracias metódicas y vacías.
A Alejo lo prorrumpía el miedo. Él la miraba y veía cómo esta joven le regalaba una tempestad de besos que caían como saetas lanzadas por elfos extasiados. Su ignorancia lo vedó de comprender por qué Oriana estaba tan apegada al ocio de su ermitaño círculo o qué es lo que adoraba de su persona. Más de una vez le gritó que se marchara, más de una vez le exclamó que no era la mujer que él deseaba; le confesó haberse acostado con un prostíbulo entero mientras ella felizmente lo esperaba con un plato de comida fría y el vino entibiado por la vastedad del tiempo: Es sólo sexo, le dijo Oriana, nunca será amor, esas putas viven para tu cuerpo, yo vivo para vos. Alejo estaba exasperado y contraído mientras la seguía mirando sin entender su locura. Estaba acorralado. Nada alejaba a esa mujer del mundo de un poeta sin altruismo y con módicas apatías. Era una intrusa en su vida, una invisible que pronto vio claramente. No sabía cómo alejarla, cada vez que la miraba le inspiraba una especie de sensibilidad lastimosa, se quebraba y se crispaba al observar la simpleza y la bondad del rostro de Oriana. Le daba martirio creer que perdía su libertad, es la primera vez que Alejo es acéfalo ante una mujer imantado por las femeninas caricias de sus palabras y acciones. <<Cómo me aparto de ella>>, pensaba abatido el hombre. <<Listo, ya es hora>>. Con la mejor cobardía y sin mirarla le dijo que se vaya, inútil era seguir teniendo falsas esperanzas junto a alguien que no la amaba. Alejo…, enunció Oriana con voz temblorosa y lágrimas deslizándose por su cara y muriéndose en su boca. Ya basta, mi soledad es lo que elegí, le dijo Alejo con paroxismo y Oriana se fue, aceptando y poniendo énfasis en su declive.
Un año ha pasado. Tragando licor adentro de un bar taciturno fue lo que duró esa vida, sólo quedó un mínimo de acritud que se oxidó en la mente de Alejo. “El tiempo había pasado como la mirada de los espejos que muestran tu verdadero yo, matándote y difamando tu realidad”. No le faltaba mucho para cumplir treinta y ocho años y darse cuenta que el amor es igual al olvido. En el bar Infierno de la calle Mitre y Estrada, Alejo fumaba. Observaba a una mujer jugando con su celular en una mesa y mirando por la ventana una noche lluviosa. Las calles se convirtieron en ríos, la basura de los residuos rotos flotaban como peces muertos; a la mitad de una esquina una pareja practicando indisolublemente sexo oral bajo las sombras de un árbol – era un hombre amando a otro hombre con la bella deformidad de su boca –, los autos estacionados pegados unos con otros. Y todo eso también lo veía Alejo del otro lado de la ventana en una noche decapitada. Esa mujer, le trajo un inesperado recuerdo de Oriana.
Alejo bebió hasta quedar borracho, inclinado a la locura, tuvo que soportar la brutalidad del cantinero quien lo echara por su deplorable estado. Caminó por ese diluvio y ese río cantando un poema de Jim Morrison con horrible inglés, llevándose puesto las bolsas de basura, pateando un sapo que se le había escurrido entre su zapato, exaltándose por los fuertes truenos que parecían demoler la tierra, chocándose el árbol donde se encontraba ese amor de hombres. Empapado llegó a su casa, tardando media hora en abrir la puerta, cayéndose una y otra vez al suelo. La ebriedad era hostil y lo negaba golpeando las paredes tratándose de despertar de esa vigilia hasta caer en la cama muriendo y volviendo a morir con los ojos estirados. Voy a buscarla, voy a buscarla, voy…, balbuceó Alejo dentro de su ensueño, babeando la almohada por la resaca; se levantó férvido de la cama eructando plagas de hedor: ¿La encontraré? ¿Dónde puedo hallarla…?
Siempre estuvo seguro de enajenar su desvarío por el amor; para él, toda la magnitud del amor era una llana metáfora, un invento de academias para los diccionarios. Sólo entendió que esa cursilería del alma o el corazón son sentimientos pedantes y pretenciosos. El alma es una electricidad imaginaria y el corazón (¡oh el corazón!) es un pedazo de carne que pronto será comida comida para gusanos, iguanas, gatos o perros callejeros que hurgan en los cementerios la cena de todas las noches. Entonces, ¿qué sentimientos explotaban en su pecho y aturdía su cabeza cuando ella se marchó de sus lívida vida?   
        A Alejo esa metáfora le fastidiaba, como también, que la gente haga de los deseos personales una metáfora de los sueños: no dejemos de soñar. Basura ilusoria tan común e interpolada a lo obvio, urdido a lo básico hasta el hartazgo. Entonces una vez más, se dijo y se preguntó... Entonces... Ese sentimiento que irrumpía dentro de él, lejos de las metáforas y los sueños, sería una aproximación del amor. Pero no se dio cuenta que un día amó a Oriana. ¿Qué importa? Él ganó provecho utilizando la palabra "amor" como una metáfora, como exclamando un deseo. La amo como a la luna blanca: otra obviedad, verso de puto poeta. 
Lucía, Karina, Roxana, Marisol, Viviana, Jennifer, su maestra de literatura, la bibliotecaria municipal, la esposa del concejal, la novia de su mejor amigo, la chica que jugaba al fútbol femenino en River Plate y que era dueña de una tienda de ropa en la calle Rivadavia, y más, muchas más han pasado por sus metáforas sin contar las de su presente antagónico y agónico y lacónico y…, ninguna para él. Su inmadurez le mostraba el rostro de Oriana en cada una de esas mujeres que viajaron magnánimas por su cuerpo y en los hombres que lo repudiaban y admiraban, siendo un impío-poeta, amante de sus esposas ridiculizando a éstos y dejando intrincados adornos en sus cabezas asemejándolos a los siervos. Todo es una metáfora, hasta los sueños claros y pálidos son una metáfora del espíritu.
Una mañana de verano salió en busca de Oriana, la abrasada tierra dibujaba un sol arbitrario. Alejo se dirigió hasta la calle Almafuerte 570 donde ella vivía (eso le había dicho). Esa dirección no existía, jamás existió, sólo la calle existe que terminó en un campo empobrecido. Miró a su costado izquierdo, un narcotraficante vendía drogas a unos adolescentes que murmuraban en un dialecto contemporáneo. Miró a su costado derecho y una vieja estaba corriendo a escobazos a los perros y gatos que habían orinado su jardín. Le preguntó a la señora si conocía a Oriana Maldonado. También a Alejo lo corrió a escobazos: Es una locura que la vieja esté loca, repudió Alejo, debe haber fumado algo del tranza de su vecino. Hubiera convidado vieja de mierda, pensó en voz alta, yéndose del lugar.
Recorriendo la Ciudad Oculta del Norte, Alejo trató de recordar el número de celular de Oriana, ya que lo había borrado. En las redes sociales ella lo bloqueó del sistema. Tuvo contacto con Clarita, una de las amigas, quien le dijo que nunca conoció a ninguna Oriana Maldonado. Alejo parecía vivir su propia ironía. Desde que conoció a Oriana, vivió de tortura en tortura: primero, la tortura de no verla, de no estar enamorado y de esposarse dentro de un remordimiento que ensuciaba su conciencia. Luego, la tortura de verla en los bares, supermercados chinos, ferias que venden réplicas de ropa de marca, en los mendigos que duermen en los trenes, en los adolescentes que vomitan esquirlas de alcohol en las calles, y en señoritas agarrándose de los pelos por algún pendejo totalmente drogado. La ve y no la ve. Allí está, exclamó su mente mientras caminaba por la calle Yrigoyen. La vio entrar en el edificio Torre y fue tras ella. Llegó tarde, el ascensor se había cerrado, pero de una zancada subió por las escaleras. Hizo una pausa mirando el bit para saber en qué piso se detenía: marcó el último. Otra zancada en dirección al piso once reanimó su ansia. Al llegar golpeó puerta por puerta llamando a Oriana y sólo lo atendieron damiselas visibles y hombres desnudos. Estaba desconcertado, una voz asomó desde la planta alta y el poeta fue hasta allí. No había nadie. No había voz. Se encontró con el vertiginoso cielo. Oriana valía más que ese lienzo. La atmósfera olía a jazmín, otra tarde de ángeles enjaulados, un fragor de viento se escudriñaba en la cara de Alejo, hubiera dado sus ojos por leerle un poema en ese instante.
Desde el ápice del edificio vio a Oriana parada en una esquina sin semáforo, otra vez vestía de eternidad y su ropa fusionada con su cuerpo. Ella acariciaba su pelo esperando que el transito cese mientras un pueblo la atravesaba. ¿Nadie la ve?, se preguntó, casi consumido por el vértigo. Se aproximó a la orilla y le gritó a Oriana hasta casi perder la voz. Era inconcebible que sólo él la viera allí tan cautiva e infinita, cristalinamente detenida en esa esquina sin fin ni confín y que la Ciudad Oculta del Norte estuviera ciega. Todo ese tiempo estuvo esperando un milagro que lo acercara a Oriana, algo como un despertar de la inconsciencia, algo como un espejo roto multiplicando las apariencias estériles: “en el cosmos el Poeta”, “en la tierra la Invisible”. Alejo exhaló lenta nostalgia, recalcitró dos pasos cegando sus ojos y en un ajar de recuerdos, miró a Oriana. El poeta saltó desde ese cielo impuro, tocó el alma de la Invisible en un espacio que el Tiempo detuvo.

(Ariel Van de Linde)
Derechos reservados
Pintura de Marcela Cabeza.


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