SEGUIDORES DEL AVERNO

13 de abril de 2017

AQUEL SUEÑO



        Yo soñé que había despertado en aquel sueño, justificando la apariencia de mi verdadero rostro; sería eximio el enigma de la oscuridad que mis ojos habían penetrado. Parco, encerrado; bebí lo que comí de un río y fosilicé mi cárcel para mi libertad. He estado ciego, exánime, resbalé de una curiosa gradería y pendí de un cordón; atribuí parejamente los seis sentidos a un cuerpo para que aprendiera del dolor, la incredulidad del amor. Conocí la dicha, la desdicha, la nostalgia de un niño, la perfidia en una cruz: amé el corazón de una Ninfa griega, engendré al griego y al hebreo, les concedí la humildad para sus almas que me vedó alguna vez el sueño. He promulgado Olvidos y he cavilado Recuerdos, he sido amado, odiado y encadenado a un festín; contemplé el infinito y el universo inmóvil que mis otros ojos nunca han visto. Fui copiado por los espejos que me revelaron la inmortalidad, esa sustancia que los hombres de Adán no podrán descifrar. Recorrí varios caminos con el gorjeo de los ruiseñores y visité el desierto, aquella espalda de la arenosa luna en la noche americana y escribí un poema sobre un último poeta que escribirá el primer poema sobre otro último poeta.
        En mis cuatro décadas, he perdido el sabor de la fruta, me fue bloqueado el olor del patio donde muchas veces dormí con el abrasado fuego de la soledad, recogí la suavidad de un beso al salir de esa esfera y lloré la penumbra de una mujer. He pensado con mayor quietud, la indómita esperanza de morir en ese cristal.

 (Ariel Van de Linde)​ 

No hay comentarios:

Publicar un comentario